Alimentación inteligente

5 julio, 2013

La elección de lo que ingerimos tiene una enorme repercusión en nuestro entorno, tanto en lo ambiental como en lo social y económico. Y por supuesto, en nosotros mismos: somos los primeros que percibiremos las consecuencias.

Por: Instra. Silvina Tenenbaum
Directora de Método DeRose San Isidro
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Cuando hablamos de alimentación inteligente, nos referimos a aquella que tiene consecuencias favorables para nosotros y para el medio que nos rodea, que respete todas las formas de vida.

Si nos remontamos en la historia, vemos que nuestros antepasados más remotos eran frugívoros y solo comenzaron a comer carne por una cuestión de supervivencia en la época de las glaciaciones.

La adopción de una dieta bien variada con platos sabrosos y muy bien condimentados; la incorporación de una buena cantidad de alimentos frescos como frutas y verduras crudas; y la reducción del consumo de productos envasados con conservantes, nos aportan más energía y generan menos toxinas. En consecuencia, mejoran nuestra calidad de vida y nuestro rendimiento en las áreas profesional y deportiva, y en la vida en general.

Aquello que ingerimos se transforma en la materia prima que constituye nuestro organismo e influye notablemente en las emociones, en los pensamientos y en nuestra manera de actuar. Es fácil comprobarlo, basta con observarse. ¿Cómo te sentís luego de comer? ¿Cuál es tu sensación física? ¿Cómo es tu comportamiento? ¿Podrías concentrarte luego de esa ingesta?

Como dice la Profesora Yael Barcesat, al ingerir, estamos proporcionando materia prima a la maquinaria interna que arma y encastra los ladrillos de la construcción, el cuerpo. Así como hay distintas calidades de ladrillos dependiendo del material que los compone, nuestras células podrán cumplir mejor o peor sus funciones de acuerdo con los ingredientes que empleemos en su fabricación.

La responsabilidad es tuya, vos elegís qué tipo de ladrillos vas a utilizar y cuánto vas a cuidar a tu organismo, a tu planeta y a los demás seres humanos.

Podríamos decir que las dos reglas de oro son:
1)Máxima calidad, mínima cantidad.
2) Incorporar la mayor variedad de alimentos posible.

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