Arquitectura Onírica

16 mayo, 2012

Junto con la iglesia de la Sagrada Familia, el arquitecto Antoni Gaudí diseñó en diferentes lugares de España una serie de edificios eclipsados por aquel famoso templo.

Texto: María José Vispo.
Fotos: Mercedes Aime – Julie Bergadá.

Al llegar a Barcelona la obsesión de todo viajero es ver las torres de la Sagrada Familia iluminadas en la noche. Y se entienden las razones, porque la iglesia es una de las obras cumbre de la historia universal del arte, dueña de un extraño esplendor gótico y moderno a la vez, que absorbe toda la atención de quienes la observan, haciéndoles olvidar que en el resto del país están desperdigados los otros componentes del “Universo Gaudí”. Edificios que desafiaban la geometría clásica y sufrían pronósticos de derrumbes incumplidos hasta la fecha.

Gaudí desarrolló a comienzos del siglo XX un concepto vivo de la arquitectura inspirado en la naturaleza, que lo impulsaba a crear sus obras a diario y a impulsos desordenados, con unos esbozos previos en papel para continuar improvisando sobre la marcha de cada obra. Pocas veces hacía planos detallados, sino que prefería plasmar sus ideas en maquetas tridimensionales. Esta capacidad de pensar en tres dimensiones, decía Gaudí, era una habilidad adquirida de niño cuando observaba los diseños de alambiques que hacía su padre. De allí que la Sagrada Familia -que se espera esté terminada en 2026- suele ser objeto de debate entre los arquitectos actuales porque las instrucciones dejadas por Gaudí son demasiado ambiguas.

EL ORIGEN 

La Casa Vicens -construida en el barrio de Gracia para el corredor de bolsa Manuel Vicens-, fue el primer encargo importante que recibió Gaudí ni bien se graduó de arquitecto en la Universidad de Barcelona, donde el director al entregarle el título declaró: “hemos dado el título a un loco o a un genio, el tiempo lo dirá”.

La Casa Vicens es parte de una serie de obras gaudianas inspiradas en el arte oriental -mudéjar, persa y bizantino- reflejado en una decoración sobrecargada de azulejos cerámicos multicolores, con torres en forma de templete y cúpula, y una monumental fuente de ladrillo formada por un arco parabólico.

LOS CLÁSICOS MODERNISTAS

La Pedrera o Casa Milá fue construida entre 1906 y 1910 con un frente de piedra ondulante como el mar, que refleja el tratamiento revolucionario otorgado por el arquitecto a la rejería de los balcones. Su intrincada trama de acero negro prefigura un ambiente tétrico que llevó a los vecinos del refinado Paseo de Gracia a retirarle el saludo al señor Milá por haber “desprestigiado” la zona con semejante “enjendro”. Él decía que la línea recta, “perfecta y uniforme”, no existe en la naturaleza. Y por lo tanto tampoco se la ve en La Pedrera, considerada la obra máxima de la arquitectura doméstica de Gaudí, una especie de gran “escultura” habitable.

También aplicaba a los interiores un sentido lúdico y un tratamiento onírico de la luz, con atrevidas combinaciones de colores y vitrales de analogías naturalistas. La totalidad adquiere así un inconfundible aire a casa encantada.

El éxtasis de este edificio se alcanza en la azotea -un espacio marginal por excelencia-, convertida en un supramundo fantasmagórico con chimeneas y conductos de ventilación que proliferan en forma de esculturas con el perfil de un tótem enmascarado oteando el infinito.

La otra casa famosa de Gaudí en Barcelona la diseñó para otros de estos burgueses -la familia Batlló- entre 1904 y 1907. Y la fachada exterior remite otra vez a la naturaleza, con sus columnas que parecen huesos humanos articulados y un techo cubierto por la cola escamada de un dragón gigante que se arrastra sobre la superficie.

UTOPÍAS INCONCLUSAS

La aparición de Eusebi Güell en la vida de Gaudí se remonta a 1878. El proyecto inmobiliario residencial Parque Güell fue uno de los mega-sueños fantasiosos de esta dupla. Tampoco se concretó pero al menos llegó a avanzar bastante. Dentro de un predio amurallado de 15 hectáreas sobre la ladera de la Muntanya Pelada, proyectaron una ciudad-jardín de lujo donde iban a construirse 60 casas. Hay puentes sostenidos por columnas con forma de tronco, galerías para pasear entre los bosques, una extraña escalinata y un largo y sinuoso banco que recorre el perímetro de una terraza decorado con la técnica del trencadis, un mosaico de fragmentos de azulejos rotos surgida de la imposibilidad de pegar este material sobre las superficies curvas.

En el centro del Parque Güell se levanta la explanada del Teatro Griego, sostenida por una desordenada columnata pseudo-dórica. Y aunque el proyecto inmobiliario se frustró, al menos se pudieron construir dos de las originales casas que se habían proyectado, una de ellas sede del Museo Gaudí.

TRISTE Y SOLITARIO FINAL

Gaudí llegó al final de su vida bastante solo. No tuvo esposa ni hijos y desde 1915 se dedicó exclusivamente a la Sagrada Familia. Acaso para seguir de cerca sus lentos avances, se instaló con un catre en el obrador de la futura catedral, viviendo como un ermitaño mal vestido en una especie de retiro espiritual, dedicado a la creación de su obra cumbre, que a los 74 años de edad era evidente que nunca vería terminada. Cuando el 10 de Junio de 1926 lo arrolló un tranvía, en el hospital lo confundieron con un mendigo y dos días después era enterrado en la cripta de la Sagrada Familia.

Hoy en día, su ayer menospreciada obra no ha podido ser siquiera imitada y sigue estando, para muchos, en la vanguardia de la arquitectura e incluso del arte.

 

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