Boipeba, la isla natural

24 junio, 2016
Por • Ana Schlimovich

Al sur de Salvador, Boipeba vive al compás de las mareas. Aquí la simpleza combina con el buen gusto y el mar tibio de Bahía invita a unas vacaciones slow.

Si llegar fuera fácil, Boipeba sería otra. Si no hubiera que volar hasta Salvador y de allí cruzar en ferry hasta la isla de Itaparica, y luego recorrer más de cien kilómetros de ruta hasta Valença y en esta ciudad ruidosa subirse a una lancha que demora una hora cuando la marea está alta y hasta dos cuando la marea baja, con la que hay que esquivar los bancos de arena del río do Inferno; si no fuera tan demorada la llegada, Boipeba probablemente sería como el río que bautizaron los jesuitas cuando llegaron a la isla bahiana en 1563: un infierno.

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No es un lugar para viajes cortos ni escapadas. Boipeba es para quedarse semanas, una al menos. Para andar descalzo y tomar agua de coco. Para leer libros en la hamaca y nadar con máscara de snorkel en las piscinas naturales que se forman con esas mareas que marcan el ritmo de la isla. Para ir en pareja y dormir en una habitación de vidrio y madera, rodeada de verde, en la que se ve el amanecer y atardecer, en la posada O Céu de Boipeba, “el cielo de Boipeba”, cuyo dueño se llama Jesús.
La isla tiene el tamaño de trescientos estadios Maracanã juntos y los caminos que unen los cuatro poblados, Velha Boipeba, Moreré, Monte Alegre y Cova da Onça, todavía son de arena. Hasta hace poco el transporte era a caballo o en burro. Después llegaron los tractores y las motos. En breve habrá autos, un puente que la conecte con el continente y pista de aterrizaje, por eso hay que conocerla ahora, antes de que cambie. Antes de que los pescadores y recolectores de mariscos del pueblito más austral, Cova da Onça, dejen la actividad que los ocupa desde siempre.

“Aquí dormimos con la puerta abierta”, dice Renilda, de 23 años, con el pelo atado en un rodete, como todas las mujeres de la isla, pescadora de las buenas. Después del mediodía, las mujeres de Cova da Onça, esta comunidad que no supera las mil personas, se sientan en las puertas de sus casas a descascar cangrejos y los hombres se agrupan bajo la sombra de las palmeras a tejer sus redes. Por estos lados Bahía se luce en estado puro, como en las historias de Jorge Amado.
Hay una playa a la que se puede llegar en lancha, porque es lejos, pero a la que es mejor llegar caminando. Así se tiene la oportunidad de bordear la desolada extensión con forma de medialuna de la playa de Bainema, rodeada de palmeras. Y luego entrar en una hacienda hasta dar con el manglar. Aquí empieza la mejor parte, un bosque de árboles que parece que tuvieran patas, un bosque tan grande que no se ve adonde termina, un escenario de Tim Burton habitado por cangrejos y lambretas, unos moluscos parecidos a las almejas, que son deliciosos a la provenzal. Al salir del manglar, hay que cruzar el río Catú. Antonio siempre está con su canoa a remo, esperando para hacer la travesía. Es necesario decir que este paseo hay que hacerlo con guía porque el manglar es un laberinto. Después del río, viene la Praia dos Castelhanos, una punta de arena blanca que cae en picada hacia un mar verde esmeralda, azul eléctrico, turquesa; depende del reflejo del cielo. En las barracas de bambú y techos de palma preparan tragos con frutas locales, caipiroskas de cacao y biri-biri, de acerola y ciriguela, frutos dulces, ácidos, verdes, rojos, uno más rico que otro.

Al final del día, con ese cansancio delicioso que dejan la playa, las piscinas naturales, los manglares, no hay nada como volver a Velha Boipeba, cenar temprano en el restaurante Santa Clara; o un crepe en Casa Namoa, o una buena carne en El Bistrô, el único restaurant argentino de la isla, y luego subir al cielo por una cuesta de arena empinada con linterna; meterse en la cama y dormir junto con la naturaleza.
Así de simple. Boipeba.

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Dónde dormir
oceudeboipeba.com
Dónde comer
santaclaraboipeba.com
casanamoa.com
facebook.com/elbistrodeboipeba

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