Comunicación fluida: enseñanza y aprendizaje

23 julio, 2012

La motivación es un factor clave del trabajo en equipo. Un buen líder sabe escuchar y comprender, lo que le permitirá potenciar el desempeño de sus empleados y guiar a la empresa al éxito, huyendo de los caprichos personales.

Prof. José Luis Gómez López Egea (Área Académica Empresa, Sociedad y Economía)

 “¿Por qué dos ruedas hechas con radios idénticos difieren en fortaleza? Porque una rueda no está hecha solo de radios, sino de los espacios y los nexos que existen entre ellos. Su fuerza depende de la armonía con la que está diseñada la rueda”. (W. Chan Kim y Renee A. Mauborgne, “The parables of Leadership”, Harvard Business Review, julio-agosto de 1992).

En esta cita se sintetiza un aspecto de la labor directiva que, lejos de ser inocua, explica la necesidad de comprender que toda acción termina por ser interacción entre personas o grupos humanos. Llegó la hora de referirme a los condicionamientos, que coinciden con una necesidad muy humana en la organización empresarial, porque determinan la eficacia de la tarea directiva: la coordinación y la subordinación mutua entre un conjunto de seres humanos. Me refiero a la capacidad del líder para relacionarse positivamente con:

1. Las personas a las que sirve (clientes y accionistas).

2. Aquellos a quienes solicita su colaboración (proveedores) en la acción productiva.

3. Aquellos a quienes coordina con su acción directiva propiamente dicha: la gente que, se supone, responde incondicionalmente a sus órdenes (los constitutivos internos de la empresa).

Si bien conducir una empresa supone la adquisición de ciertos hábitos previos, con ellos solos no alcanza. ¿Por qué? Porque es preciso comunicar tanto la visión como la motivación a muchos  otros actores y, al mismo tiempo, permitirse ser motivado por otras personas. Por ello es que se ha definido con frecuencia la tarea directiva como coordinación, motivación, impulso hacia el equipo, control colectivo de los resultados y experiencia conjunta para mejorar.

El que manda dedica una buena parte de su tiempo a coordinar o a dirigir seres humanos y, como se sabe, a ellos no se les puede manipular como si fuesen robots. Por lo tanto, no parece prudente entrenarse o ejercitarse en técnicas y fórmulas manipulativas hacia el personal, con las que solo se recogerán resultados en el corto plazo. Lo que sí hay que hacer es mostrar al grupo lo que se pretende llevar a cabo y lo que, de hecho, se está realizando hoy. Siempre dejando la puerta abierta a que puede mejorar como resultado del esfuerzo conjunto de todo el equipo. Es cierto que el personal tiene la obligación de cumplir órdenes, pero las debe acatar de acuerdo con la conformación interna de su propia naturaleza. Es decir, incluyendo el uso tranquilo y habitual del conjunto de sus capacidades. Solo de esa manera cada cual aprende y crece como persona, y colabora con gusto y se siente responsable y comprometido con lo que hace.

Comunicar es escuchar

Primero que todo, comunicar es escuchar. Sin oír no se puede entender qué hay que hacer y, mucho menos, cómo hacerlo. Por tanto, sería vano tomar decisiones que proceden exclusivamente de los propios caprichos. Tampoco esas decisiones tendrían la fuerza moral suficiente y necesaria para ser cumplidas.

Si se oye a quien procede en cada caso, se siembra y se recoge el gran activo de una empresa: la confianza, condición elemental para el funcionamiento efectivo de toda organización.

Para comunicar, hay que conocer previamente a cada uno de los que se relacionan con la empresa, porque recién entonces termina conociéndose el directivo a sí mismo. El directivo ideal conoce quién es la gente a la que se dirige, a quién coordina, es decir, el carácter y las posibilidades de cada persona a la que  enseña y de la que también se aprende. Es bueno saber de lo que cada uno es capaz y, al mismo tiempo, detectar lo que cada cual puede llegar a ser mediante el aprendizaje adecuado. El directivo debería saber que lo que en el fondo motiva a la gente, más allá del estímulo económico, es sentirse libre, actor, responsable y autor.

Comunicar es convencer

Es preciso hablar y comportarse para ser merecedor de una confianza que solo se infunde cuando se tiene muy acendrado el hábito de la veracidad. Es algo que se difunde cuando se confía plenamente en la palabra del otro. La sinceridad es consecuencia del respeto habitual por la verdad, y es imprescindible para granjearse o merecer la confianza de alguien.

Las palabras, el idioma exterior, el tono que el otro escucha, el gesto, tienen que responder siempre a la realidad de lo que las cosas son y, en segundo lugar, incluir también lo que uno piensa pero que es opinable, cuáles son los sentimientos de quien habla y por dónde circulan sus afectos. El directivo tiene que asegurarse a sí mismo que está hablando de realidades y no de pinturas voluntaristas o trucos, para inducir al resto de las personas a que hagan algo solo porque él lo dice con independencia de su justificación.

La motivación se inspira

Cuando alguien se coloca al frente de un equipo no puede ignorar que la gente se siente motivada hacia la acción solamente cuando el líder está de verdad  convencido y vibra con lo que quiere y con lo que hace. El directivo hábil sabe que, para llegar a buen puerto, no es suficiente con conocer o dominar una técnica externa o una receta escueta, sino que se requiere, fundamentalmente, de un acto interno humano, mezcla de voluntad libre y de inteligencia perspicaz. Y esta actitud se facilita y procura cuando quien decide está verdaderamente motivado. No es fácil conseguir que los otros hagan lo que uno pretende, lograr que funcione un equipo conformado por personas que se complementan en su función y que, además, persigan un mismo objetivo. En toda organización, hay una acción personal y una acción colectiva, un aprendizaje personal y un aprendizaje colectivo. El trabajo en equipo solo es posible o eficaz cuando se les ha dado a todos la oportunidad de participar, de alguna forma, en la discusión de las decisiones y en su puesta en práctica. La realización plena de un objetivo depende de la acción y de la motivación consiguiente de todas las personas que están implicadas en el proceso, a un tiempo técnico y prudencial con el que pasan de los planes a su realización concreta.

La acción empresarial es una acción integral humana

Se trata, nada menos, que de un área afín al verdadero mundo en que habita el total de las personas: el sitio de lo humano, de lo ético. Las actividades humanas en el contexto empresarial, si bien incluyen lo económico como un aspecto relevante, no se agotan exclusivamente en lo utilitario material, sino que reclaman un contexto humano abarcativo, integral. Porque la acción  empresarial es de tipo humana y global, no cabe instalarla dentro de un casillero meramente económico, de un marco que tiene validez solamente especulativa, sino que corresponde a un enfoque realista y complejo que incumbe a un verdadero líder, al que es capaz de interesarse por el ser y por la persona.

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