El gran pulmón

15 enero, 2013

Un excitante paseo por el Amazonas en un crucero de alto nivel nos muestra los secretos de la selva desde un enfoque muy particular.

Texto: Mercedes Aime.
Fotos: Ana Schlimovich / Embajada de Brasil.

Desde la ventana del avión, pocos países son tan verdes como Brasil, que ranquea número 34 de 140 naciones en el índice de performance ambiental. Estos laureles verdes no son mera ilusión: 4/5 de la energía de esta nación provienen de plantas hidroeléctricas, y el país es líder mundial en biocombustibles -casi el 30% de sus autos usan etanol-. Por décadas, líderes nacionales han estado construyendo autopistas a través de Amazonas, pavimentando el camino para terratenientes, colonos y madereros. si bien estas no son marcas del desarrollo sustentable, Brasil se ha comprometido con el tema: su creciente economía no piensa solo en plantas energéticas, y la selva permanece en su mayoría casi intacta.

Aquí la naturaleza es sabia y, sin la alteración que genera la mano del hombre, funciona a la perfección. Los frutos que los pájaros no comen son los que caen al río y comen los peces, para así germinar las semillas que aseguran la continuidad de los árboles. Las regulaciones se respetan con prudencia. La ley que limita a los dueños de tierras a talar más del 10% de la selva de su propiedad, es tan estricta que quien la viola va directamente preso. Hay que valorar la importancia de la floresta tropical y de los que la habitan, principales responsables de su conservación.

Amazonas es la mayor selva tropical del planeta, ocupa cerca del 60% del territorio brasileño y solo el estado de Amazonas tiene una extensión capaz de contener todo el continente europeo. con un escaso habitante cada 47 km, la selva se torna más y más densa a medida que nos adentramos en ella. El momento ideal para ir es la llamada “época seca” (de julio a noviembre), en que se evitan las lluvias constantes en forma de chaparrones de entre 20 y 40 minutos. En septiembre y octubre, que es cuando más bajo está el río, salen a relucir las playas de arenas blancas que ostentan un maravilloso contraste con el verde de la selva.

Todo comienza en Manaos, la metrópolis de la región Norte. La ciudad es una rareza arquitectónica con edificaciones de relevante valor histórico, como el esplendoroso Teatro Amazonas, y es punto de partida y llegada para casi toda la oferta turística del lugar.

Con una noche de transición en un hotel de selva, uno logra acostumbrarse de a poco, y el Tiwa Amazona Ecoresort es el más ecológicamente correcto de la zona. A solo 20 minutos de navegación, frente a la ciudad, ofrece 52 cabañas de madera, una muy buena pileta y cursos de supervivencia en la selva.

Pero la verdadera aventura comienza cuando nos embarcamos en el Crucero Iberostar Gran Amazon, con capacidad para 200 pasajeros en 74 lujosos camarotes de 23 m2, balcones individuales, camas king-size, aire acondicionado, frigobar y televisor con variedad de películas por si el espectáculo del exterior no fuera suficiente. Con gimnasio, biblioteca y boutique de regalos, el barco ofrece pensión completa en paquetes de 3 ó 4 noches o la suma de los dos: el placer de vivir 7 noches a bordo sin perder de vista las orillas de verdes intensos.

Será una travesía de 180 km a bordo de un crucero de lujo. Todos los amaneceres disfrutamos e excursiones, charlas explicativas sobre aves, peces y características curiosas de la región, que nos permiten apreciar mejor las caminatas y los paseos en lancha que ocuparán nuestros días a bordo, combinados con excelentes comidas regionales y entretenimiento que nada tiene que envidiarle a los típicos cruceros caribeños -jacuzzi con hidromasaje en el deck; pileta para nadar o tomar las divertidas clases de aquagym, shows musicales y caipirinhas a toda hora-.

Navegamos el Río Negro -de aguas completamente negras por el material orgánico en descomposición que reciben de la selva, lo cual resulta en una acidez que ahuyenta a los mosquitos, para nuestra alegría-. Eventualmente, en el espectacular Encuentro de las Aguas, este río se unirá con el Solimoes para formar el Amazonas -responsable del 20% del agua potable del mundo-.

En las bajadas, las caminatas nos permiten descubrir frutas y plantas medicinales para entender los recursos de supervivencia de los indígenas. Se recomienda no tocar nada, ni siquiera apoyarse sobre ningún tronco, ya que la selva puede deparar sorpresas. El primer trekking recorre la región de Tres Bocas, donde se observan loros; martín-pescadores enormes; algún oro péndulo (de impactante color negro con cola amarilla que imita el sonido de otros pájaros ¡y hasta el de las lanchas!); guacamayos (monogámicos por excelencia, son tan fieles que si uno de la pareja muere, el otro se suicida volando bien alto y cerrando sus alas al caer); buitres negros, tucanes, anacondas, iguanas, garzas tigre, hoatzines (hermosas aves de un fuerte azul con ojos rojos que se alimentan solo de hojas); bacuraos (los primeros pájaros nocturnos) y patos salvajes. También lianas estranguladoras, y las orquídeas y bromelias que invaden de color los árboles sin dañarlos. El guía muestra el uso del teléfono de la selva, un tronco que al golpearlo resuena tanto que resultaba perfecto para establecer comunicación entre tribus. También nos enseña a pescar pirañas.

En la caminata por Igarapé Trincheira encontraremos más de 2000 especies de árboles y 3000 de plantas. Y las famosas hormigas tucanderas, utilizadas por los indios en los rituales para el paso de la juventud a la adultez, que tienen un efecto muy doloroso para cualquiera que sufra sus feroces mordidas. Sin embargo, el 90% de la vida animal es nocturna. De día solo se escuchan los sonidos de aves lejanas y las hojas cayendo cuando hay brisa.

Un paseo en lancha en la región de Maependí nos hace testigos de cómo una familia de monos ardilla (que aparecen en grupos de más de cien) se columpia de un árbol a otro hasta llegar a la lancha y,sin vergüenza alguna, toma la comida. Estamos ya en zona protegida, donde no se puede pescar ni cazar: una estación del IBAMA (Instituto Brasilero del Medio Ambiente) lo fiscaliza. Allí mismo, en la estación, encontramos un lugar tranquilo desde donde disfrutar de la puesta del sol en la soledad inmensa del río.

Novo Airao, un poblado que debió fundarse a 55 km del Velho Airao por una invasión implacable de hormigas, es una parada muy especial, ya que allí se agolpan los famosos botos o delfines rosados de río, especie en extinción en Brasil. Imperdible la zambullida para el alegre jugueteo con estos suaves animales.

La visita a la comunidad indígena del Río Cueiras nos enseña la culinaria regional, que se destaca por los platos con peces de la zona como el tambaquí, el piracucu o frutos típicos como el cupuacu, el guaraná y el acai. La tribu de los Bares recibe turistas para mostrar cómo viven en la plantación de mandioca, cuenta de los libros que están escribiendo para rescatar su idioma y hasta vende artesanías. En Amazonia hay 170 mil indígenas “conocidos”, pero se sabe que hay por lo menos otros 53 grupos aislados sin contacto con nuestra civilización.

Atravesamos el archipiélago de Anavillhianas: la segunda conglomeración de islas de agua dulce más grande del mundo. Y de noche se vive una excitante aventura tan trascendental como adrenalínica. A medida que la lancha se aleja del enorme barco, uno empieza a apreciar la vía láctea, más clara que nunca; los pasajeros desaceleramos y nos invade un silencio abismal. El guía simula el sonido de un yacaré ¡y estos le contestan! Empieza la búsqueda… Desde la proa de la lancha, un reflector busca el ojo rojo del animal que al ser iluminado se paraliza, quedando vulnerable para su captura y el deleite de los turistas, que aprenderemos su anatomía de cerca, antes de que vuelva a ser lanzado -maniobra necesariamente veloz- al río.

El viaje culmina con el Encuentro de las Aguas, un show inolvidable al que acuden investigadores de todo el mundo. Aquí se siente un silencio armonioso, y solo por momentos la música animal. Poco a poco nos alejamos de la selva, tan espesa y exuberante que la experiencia de haberla vivida desde adentro quedará en nosotros para siempre.

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