El nombre de los errores

23 octubre, 2012

A través de una anécdota concreta, el autor pide tener cuidado al usar la experiencia como argumento.

Prof. Eugenio Marchiori (Comportamiento Humano en la Organización)

 En una clase en la que participaban unos 60 jóvenes profesionales procedentes de 15 países, pregunté cuál era la cualidad que más admiraban de las generaciones mayores. La respuesta tuvo aprobación inmediata: la ex­periencia.

Al preguntarles por qué la experiencia, un joven se apresuró a manifestar la profunda admiración que sentía por sus pa­dres, quienes generosamente le habían tras­mitido una serie de valores sustentados en una experiencia de vida que así compartían con él. Una joven norteamericana señalaba que la experiencia de los mayores le evitaba repetir las mismas equivocaciones. Una atmósfera de consenso envolvía el aula.

Entonces les conté la anécdota de otro jo­ven al que, en un contexto distinto, le había oído decir: “¡Odio cuando los mayores me tiran la experiencia por la cabeza!”. Les pre­gunté si alguna vez se habían sentido así. De pronto el aula explotó. Parecía que todos habían teni­do una vivencia similar a la del protagonista de mi relato, y sentían una urgencia inconte­nible por compartirla con los demás. “Después de todo, ¿qué te garantiza que la experiencia de otros se pueda aplicar en tu caso?”, decía una joven. “Los tiempos cambian. ¿Cómo me puede servir la experiencia de alguien que a mi edad ni siquiera soñaba con que tiempo después iban a existir Internet, redes socia­les o smartphones?”, se preguntaba otra. “La única manera de aprender es experimentando”, senten­ciaba un pragmático británico. “Cuando me dijeron algo similar me sentí discriminado”, dijo alguien cuyo origen perdí –al igual que la exactitud de los hechos que relato– en medio de tanto entusiasmo.

Las opiniones continuaron, pero quiero rescatar la del joven que se sintió discriminado. Admitamos que desde el extremo empirista –para el que sólo es válido el conocimiento cuando se lo obtiene perso­nalmente– hasta el que abraza ciegamente la experiencia de otros, hay un amplísimo aba­nico de posibilidades. Sin embargo, valerse de la experiencia como argumento para im­poner la autoridad, “tirándola por la cabeza” de un joven, puede ser percibido como un acto de discriminación.

Oscar Wilde decía que la experiencia es el nombre que los hombres le dan a sus errores. No cometamos el error de pretender impo­ner nuestra experiencia con palabras, mal­gastando de un plumazo todo el valor que los jóvenes, más allá de su origen, ven en ella.

 

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