La cuna de Ferrari

16 agosto, 2016
Por_Flavia Tomaello

Maranello, una pequeña ciudad italiana, fue el lugar elegido por don Enzo para crear sus incomparables modelos. Hoy un museo recorre la historia de la marca.

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Maranello es un pueblo pequeño como tantos otros en Italia: desde la ruta es imposible divisarlo, porque el acceso no está señalizado (y para llegar hay que dar varios rodeos). Los domingos todas las señoras se reúnen en misa y sus maridos, en un café homónimo a la localidad que tiene sus mesitas dispuestas sobre la plaza. Sin embargo, hay un pequeño detalle que la convierte en un lugar único: en esta tierra nació la Ferrari.
Es que, si bien don Enzo había comenzado su empresa en Módena, su ciudad natal y muy cercana a Maranello, en 1930; gracias a un préstamo otorgado por el banco local Santo Geminiano e Santo Próspero, debió mudarla a esta localidad en plena Segunda Guerra Mundial para evitar los bombardeos. Y fue aquí donde se inspiró para diseñar sus vehículos. En Maranello, todo remite a estas máquinas: desde las instalaciones de la empresa en la entrada a la ciudad, hasta la estatua en homenaje al caballo rampante que se ubica en el centro de una de sus rotondas, pasando, por supuesto, por el inconfundible vibrar de los motores que sacuden la quietud lugareña cada dos segundos: es que algunos comerciantes locales, para aprovechar el fanatismo, alquilan Ferrari, preferentemente rojas, para hacer test drive.

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El punto más alto de la visita es, como no podía ser de otra forma, el Museo Ferrari. Cada una de sus salas es una verdadera maravilla. En una se exponen automóviles de carrera emblemáticos, cada uno con su descripción, incluyendo el 166 F2 con el que Juan Manuel Fangio se lució entre 1949 y 1951. Cada pieza está rodeada por un acrílico que la aleja de la gente y un cartel: “Se ruega no tocar”. Sin embargo, los vidrios de prácticamente todos tienen marcas de dedos, como si para el visitante fuera imposible contenerse. La pared de alrededor está rodeada de fotografías de grandes momentos Ferrari en los caminos.
Le sigue la sala “Ferrari en el cine”, franqueada por una reproducción de la oficina de don Enzo. Adentro, se proyecta una película sin fin que muestra escenas de películas que incluyen estos automóviles. Desfilan desde Peter Sellers hasta Al Pacino y desde Paul Newman hasta Marcelo Mastroianni, pasando por casi todas las versiones de James Bond. En una pared cercana, hay una reproducción a gran escala del mencionado cheque que permitió que todo esto existiera.

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Luego, no apto para emotivos, la sala de las victorias: videos con los momentos de llegada de Ferrari ganadoras en la Fórmula 1, imágenes de los ganadores, trofeos, motores utilizados, la historia de cada título… Todo sazonado con música sentimental de fondo. En el piso superior, una sala más “corporativa”, con los modelos lanzados para el público en general. En todo el museo se pasean empleados vestidos con el uniforme que utiliza la escudería.
Y es instantes antes de salir cuando aparece ese gift shop con objetos de los que el visitante quisiera comprar uno de cada, cuando se produce la paradoja: el corazón late a máxima velocidad, pero la mente desea que el tiempo pase lo más despacio posible.

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