Mato Grosso

26 febrero, 2013

Una diversidad de fauna semejante a la del Amazonas, pantanos, cascadas y ríos agitados -perfectos para practicar rafting-, hacen de este estado brasileño un destino perfecto para contemplar la naturaleza.

Por: Ana Schlimovich.

Brasil es sinónimo de playa en el inconsciente colectivo, y lo cierto es que este “país tropical bendecido por Dios y bonito por naturaleza” según la famosa canción de Jorge Ben Jor y Wilson Simonal, las tiene, y muy buenas. Sin embargo, en el centro oeste del mapa brasileño hay una zona mucho menos frecuentada –salvo por los europeos que ya la descubrieron hace tiempo-, tan maravillosa como sus costas, aunque con una propuesta bien diferente: el estado de Mato Grosso.

Su capital es la ciudad de Cuiabá, con aproximadamente 700.000 habitantes, desde donde salen todos los recorridos que realizan el llamado turismo de contemplación, un encuentro cercano con la fauna y flora de esta vasta región. El clima se divide en dos estaciones, seca y húmeda. La mejor época para ir es entre mayo y septiembre, cuando las lluvias dan una tregua. Ya el calor dura todo el año. La infraestructura hotelera en Mato Grosso es simple, por más estrellas que el hotel tenga. Ninguno ofrece, por ejemplo, shampoo ni acondicionador, con lo cual vale recordar llevar los propios. Al igual que bolsas de plástico para proteger el equipaje de la lluvia y el barro en los traslados.

Pantanal

Buena parte del Mato Grosso -103.000 km2– está ocupada por el Pantanal, una llanura aluvial que en su superficie total -200.000 km2 que llegan hasta Bolivia y Paraguay- resulta ser un humedal gigantesco. Se trata de una depresión de la corteza terrestre donde afluyen varios ríos, conformando un inmenso delta. Posiblemente sea el ecosistema más rico del mundo en biodiversidad de flora y fauna.

En su parte norte hay unas veinte estancias unidas por un camino llamado Transpantaneira. Todas fueron convertidas en posadas en las últimas dos décadas y son reservas particulares de protección natural (RPPN). Cada una tiene varios miles de hectáreas y pueden recorrerse en bote, lancha o canoa, según los paseos incluidos en cada posada. También hay caminatas -por caminos delimitados- y cabalgatas espectaculares, con el agua que a veces llega hasta los estribos. Unas buenas botas de lluvia con caña alta son imprescindibles. Lo más importante es mantener el silencio para no espantar los animales. Los monos bugiu, simpáticos y amistosos, son fáciles de ver entre las ramas de los árboles. Las posibilidades de ver al menos uno de los 3,5 millones de yacarés, son altísimas, sobre todo bien temprano a la mañana. El avistaje de aves es otra actividad reservada para el amanecer, hay 545 especies en la región, incluido el tuiuiú, un enorme ave de cuerpo blanco, cuello rojo y cabeza negra, símbolo de la región.

Chapada dos Guimarães y Jaciara

En las cercanías de Cuiabá hay dos lugares que vale la pena visitar. La Chapada dos Guimarães está a 70 kilómetros de la capital y es famosa por sus altísimas cascadas. Apenas se llega a este Parque Nacional, bellísimo por su tonalidad de piedra colorada, se ve el salto del Velo de la Novia, de 86 metros de altura. En medio día se pueden conocer otras 6 cascadas y lo mejor es hacerlo acompañado por un guía experimentado, para conocer las diferentes especies de plantas y animales que se presentan a cada paso, así como las leyendas de este lugar lleno de misticismo.

Jaciara está a 142 kilómetros al sudeste de Cuiabá y es la zona de los deportes de aventura, principalmente el rafting, que tiene la ventaja de practicarse en aguas cálidas. La Cachoeira da Fumaça, de 30 metros de altura, es el inicio de un recorrido que incluye rápidos de hasta grado 4, en la escala (1 a 6) del rafting internacional. Los instructores son sumamente confiables y el equipamiento de primera, con lo cual, pueden participar personas de todas las edades, con la posibilidad de bajarse en los saltos más peligrosos.

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