“Mi trabajo es moldear argumentos”

22 octubre, 2012

Arquitecto de profesión y artista de oficio, Gaspar Libedinsky se volvió un verdadero cultor de este cruce de disciplinas y un observador agudo de las nuevas costumbres alrededor de las ciudades.

Por: Verónica Ocvirk.
Fotos: BB Tesio.

Son seres extraños los arquitectos. Cabeza de ingenieros, cuerpo de urbanistas, dedos de diseñador, ojos de artista. Gaspar Libedinsky no parece ser la excepción. Recibido en la Architectural Association de Londres, se empleó primero en el estudio de Rem Koolhaas, en Rotterdam, y más tarde ofició como diseñador principal del nuevo parque flotante “High Line” de New York. Sin embargo en su último trabajo, titulado “Arquitectura para el cuerpo”, Libedinsky decidió pasar de la escala urbana a la doméstica y concibió así una obra fronteriza entre el arte y el diseño. ¿De qué se trata? Pues de dos siluetas aladas, recortadas de una moquette cien por ciento de pura lana, y luego plegadas para convertirse en un par de pantuflas con estacionamiento propio. Antes ya había llamado la atención con su video-instalación “Cuckoo”, mientras que en el marco de la Beca Kuitka -que ganó  hace dos años- se abocó al desarrollo de “Mr. Trapo”, una colección de prendas clásicas masculinas (un traje, un cárdigan, un conjunto deportivo y varias más) confeccionadas a partir de paños de algodón, franelas y trapos rejilla. “Si tengo que definir lo que hago en una oración, te digo que mi trabajo opera en el espacio público y privado mediando entre la escala urbana y la intimidad del cuerpo”, arranca contando el arquitecto, que en una tarde fría pero soleada nos recibió en su estudio anidado el futuro Forum Alcorta. Y agrega: “Entiendo que mi material como artista no es pintura, ni tela, ni yeso: mi material son los argumentos. Lo que hago es el moldeado de argumentos”.

¿De qué hablamos cuando hablamos de ‘Arquitectura para el cuerpo’?

En realidad es un “no título”, porque la verdad es que no existe arquitectura que no sea para el cuerpo. O sea: la definición de arquitectura sí o sí involucra la presencia  del cuerpo humano. Pero lo que quise hacer acá es incorporar al cuerpo ciertas sensaciones de confort que corresponden a nuestro entorno. De ahí que puedas estar en una casa de adobe y sin embargo camines sobre la mejor alfombra de la Argentina. Y bueno: esa sensación de pisar esta alfombra de una calidad preciosa se incorpora al cuerpo en lugar de hacerlo al espacio.

Contanos del High Line de Nueva York.

Fue una propuesta que me interesó muchísimo, sobre todo porque no fue el alcalde anterior, Rudolph Giuliani, ni el actual, Michael Bloomberg, quienes tuvieron la idea de preservar esta estructura de tren elevada y transformarla en un parque lineal de dos kilómetros y medio. La iniciativa partió de un grupo de vecinos que formaron una ONG, Friends of the High Line, e hicieron una tarea espectacular de cambiar la percepción de este espacio no solo a los vecinos, desarrolladores, propietarios, sino también ante las propias autoridades. Afortunadamente, todos terminaron entendiendo que esa estructura era un potencial para el desarrollo y no un obstáculo.

¿Qué es lo más innovador que tuvo el proyecto?

Hoy hay una gran necesidad de generar comunidad. Caminamos por la calle mirando nuestras pantallas de tres pulgadas, y así el contexto empieza a ser menos relevante. A diferencia de la comunidad virtual, la comunidad física debe estar buscando el potencial de “location, location, location”. Es decir: pensar qué se puede hacer en este lugar que no se podría llevar a cabo en ningún otro lado. Lo que me gusta de este parque elevado de Nueva York es que generó una nueva tipología de espacio público, una suerte de pasarela urbana que permite ver la ciudad de otra manera. Casi como encontrarse de pronto en un jardín secreto.

¿Cómo ves a Buenos Aires, urbanísticamente hablando?

Para empezar la ciudad no tiene, salvo para algunos privilegiados, ese escape fácil y rápido a la naturaleza. Por eso me parece que una de las primeras cosas que tendrían que generarse son espacios públicos de altísima calidad. Creo que deberíamos tener una nueva costanera, y eso va también por la necesidad de promover miradas largas: es una maravilla poder ver el horizonte.

¿Y en lo que son las construcciones, los nuevos edificios?

Lamentablemente Buenos Aires no es una ciudad donde se esté haciendo arquitectura de calidad. Uno de los problemas es que muchas veces los arquitectos se vuelven desarrolladores, y eso, por un lado, encierra una virtud, pero también una gran debilidad.  Lo que tiene de fenomenal es que se brinda a profesionales jóvenes la posibilidad de construir arquitectura de determinada escala, cosa que en otros lugares, como por ejemplo Europa, es más difícil. Ahora: lo que tiene de problemático es que así se pierde la tensión entre el diseñador y la desarrolladora, algo que por lo menos a mi entender siempre debería estar presente. Porque si el arquitecto y el desarrollador son la misma persona, entonces no hay uno que puje por el buen diseño y otro por la rentabilidad, sino que lo que prima siempre es la rentabilidad y eso termina atentando contra la calidad. Por eso creo que esa tensión debería existir: porque por más extraño que parezca, al final termina resultando positiva.

Vitraux

Como parte del proyecto “Mr Trapo” Gaspar Libedinsky se comprometió a interactuar con cada ‘trapito’ que apareciera cuando iba a estacionar su auto, y así, en cuestión de meses, se hizo de un total de 64 franelas que luego se dedicó a coser en una especie de Vitraux que emite una curiosa luz naranja. La obra se rigió por las medidas 5 x 2,50: las mismas que más o menos ocupa un auto.

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