Parque Tayrona

7 junio, 2016

Playas blancas con mar turquesa, trekkings que terminan en sitios arqueológicos, clima relajado y noches estelares son algunos de los atractivos de este Parque Nacional.

Por Ana Schlimovich

  • Cabo de San Juan de la Guía, un buen spot para hacer playa, snorkel y conocer gente de todo el mundo.
  • Camino a La Píscina. Entre las playas más Bahía Chengue, Playa Cinto, Wachakyta, Jorara y Cristal.
  • Laguna de Arrecifes, la playa donde está la mayor parte de la infraestructura.
  • Pintura de una tribu Kogui.

En la misma mañana se puede desayunar arepas, huevos y cayeye —bananas verdes cocinadas y machacadas— junto a la piscina del hotel Don Pepe, en el centro histórico de Santa Marta, y, dos horas más tarde, caminar bajo árboles inmensos que apaciguan el calor sofocante, hasta desembocar en las playas blancas y de mar bravo del Parque Tayrona.

Desayuno y parque están a 34 kilómetros de distancia, al noreste de Colombia, en pleno Caribe y a los pies de la sierra litoral más alta del mundo: la Sierra Nevada de Santa Marta. Los une la Ruta Troncal del Caribe —que sube hasta la península de La Guajira— y el calor. A medida que uno se va adentrando en el bosque tropical de este Parque Nacional de 15000 hectáreas —3000 son marinas—, quedan atrás los vallenatos a todo volumen, las bucetas, como llaman a los colectivos en Colombia, las bocinas. Los sonidos que sobran son de los animales que habitan este terreno indómito donde, hasta que llegaron los españoles, vivían quienes le dieron el nombre, los Tayronas. En el pueblito Chairama, que está a 260 metros sobre el nivel del mar y al que se llega después de una caminata de dos kilómetros y medio, permanecen las ruinas de sus asentamientos.

Antes había que caminar 5 kilómetros desde El Zaíno, el primer acceso a este parque creado en 1969, hasta Cañaverales, el primer asentamiento, pero junto con el turismo creciente llegaron las combis. Desde ahí empieza el sendero por el medio de un bosque que va cambiando sus características de acuerdo a la altura: bahías, palmares, lagunas; montañas, heliconias y cascadas en su parte más alta, a 900 metros sobre el nivel del mar. No suele haber mapas en la oficina del parque, ni mucha información dentro de él, los carteles son escasos y mezquinos, así que los interesados en los distintos senderos, la fauna y la flora deberán investigar antes de llegar o recurrir al antiguo pero eficaz método del boca en boca.

La playa de Arrecifes, que es donde está la principal infraestructura para comer y dormir, es engañosa, con o sin olas es realmente peligrosa, y un cartel advierte que allí se han muerto más de 200 personas. Traicionera y todo, el color del agua es el de las postales del Caribe, pero más fría. Ya en La Piscina, la siguiente playa, el mar es igual de turquesa y apto para nadar, sin una ola.

En el camino se ven iguanas verde fosforescentes que se dejan fotografiar como los animales de las islas Galápagos; ni se inmutan. Cangrejos tornasolados, mariposas azules, monitos tití. Serpientes por suerte no se ven, pero las hay. Hay unas trescientas especies de aves, muchas en peligro de extinción; el cóndor, el águila solitaria y el águila blanca son las más grandes. Hay jaguares y tigrillos, zaínos y perros zorros, unos mamíferos típicos de la zona. Hay más de treinta especies de reptiles, quince de anfibios; hay delfines, tortugas y más de mil especies marinas.

A una hora de caminata de Arrecifes está el Cabo San Juan del Guía, dos bahías de arena blanca, palmeras, mochileros de todo el mundo y, en el mar, a metros de la orilla, cardúmenes de peces color lavanda, corales enormes, peces con estampados animal print, de cebra, de tigre.

En el Tayrona una linterna es útil, pero una máscara de snorkel es indispensable. Desde el agua calma sobresalen las rocas redondas que están dispersas por todo el parque, parecen esculturas de Botero. Da la sensación de que toda Colombia es así, arredondeada: los rostros y las curvas de las mujeres, las rutas serranas, las trompas de los camiones, las entradas a los shoppings, las vueltas de las autopistas, la forma de las arepas; hasta en el habla los colombianos toman curvas amables y dan vueltas simpáticas, raramente una frase seca, recta, en Bogotá tal vez, pero en el Caribe reinan las curvas de las esculturas de Botero.

“El calor era tan inverosímil, sobre todo durante la siesta, que los adultos se quejaban de él como si fuera una sorpresa de cada día”, escribió sobre sus años de infancia, a los pies de esta sierra, Gabriel García Márquez en Vivir para contarla. Ochenta años después, el calor sigue igual, pero por suerte existe el jugo de guanábana, fruta verde por fuera, blanca por dentro, deliciosa si se licúa con leche y hielo. Y el agua de coco, que se vende por todos lados. Y los Ecohabs, unos  modernos bungalows inspirados en los diseños de las tribus Tayrona, de madera y techos cubiertos de hojas de palma, para dormir en lo alto de la sierra, huir del calor que describía Gabo y ganar la vista de esta fabulosa naturaleza.

Dónde dormir:

En Santa Marta: www.hotelboutiquedonpepe.com

Parque Tayrona: www.aviaturecoturismo.com

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