Praga, la ciudad dorada

28 febrero, 2013

Praga, la de las mil torres, Praga la ciudad con tantas iglesias como días tiene el año, merece explorarse enamorándose de sus rincones. Es una ciudad con el mismo tipo de belleza  esquiva y melancólica que Venecia. Es una joyita donde predominan el gótico y el barroco, con toques de cubismo. Romántica y magnífica esta capital de pasado tumultuoso, que logró sobrevivir a los estragos de la segunda guerra mundial con sus tesoros arquitectónicos intactos, hoy trata de preservarlos ante el avance arrollador del turismo que llegó con la prosperidad económica: la Praga del segundo milenio es también una ciudad joven y vibrante, creativa y acogedora.

Texto: Luisa Zuberbuhler.
Fotos: Camilo Aldao.

Nunca fue bombardeada y largos años detrás de la cortina de hierro la preservaron de los avances del “progreso” que llegó inexorablemente, con la caída del muro de Berlín, de la mano de empresarios de todo el mundo que remodelaron hoteles e instalaron restaurantes y boutiques de souvenirs con remeras de “I love Prague”. Por ahora no tiene rascacielos, todavía conserva su magia y es cierto que la Praga actual es mucho más confortable que la de hace unos años. Su propuesta hotelera va desde el paquetísimo The Augustine -alojamiento de lujo en un monasterio de monjes agustinos del siglo XIII, al pie del Castillo y pegado a los jardines Wallenstein- al cancherísimo y mucho más accesible Savic Hotel, 27 habitaciones ubicadas en un edificio gótico y renacentista de 1319, a metros del puente Carlos y del famoso reloj astronómico. Con los restaurantes pasa lo mismo, la oferta es súper amplia y en todos se habla inglés. Anote dos imperdibles para comer a la noche gozando de un espléndido panorama. Kampa Park, con una ubicación alucinante sobre el río Moldava, y Bellevue, del otro lado del río,  para ver el puente de Carlos y el Castillo iluminados. Y un clásico: U Fleku, la cervecería más popular de Praga y una de las más antiguas de Europa.

Sugiero empezar por Prazsky Hrad, el Castillo de Praga, en realidad un vasto conjunto de edificios, que desde sus orígenes simbolizó el poder temporal y espiritual supremo. Sus puntos claves son la Catedral de San Vito, el Palacio Real, la Torre Blanca y la Callejuela del Oro, donde vivían los alquimistas. Al costado de la catedral se puede ver uno de los relojes emblemáticos de esta ciudad tan especial, en realidad son dos relojes, uno marca las horas y el otro los minutos. En el barrio judío hay otro que marca las horas al revés y el tercero está en el ayuntamiento. La gente se amontona frente a este último al dar las horas, aunque nadie es capaz de descifrar sus complicados cuadrantes astronómicos. En pocos minutos pasa de todo: enmarcados en los signos del zodíaco desfilan los apóstoles precedidos por un esqueleto mientras un gallo mueve las alas y canta.

Mala Strana, el barrio más antiguo, se extiende a los pies del Castillo y prácticamente no ha sido tocado en los últimos dos siglos. Está lleno de recovecos, bares, restaurantes y sorprendentes jardines. El del palacio Wallenstein o Valdstejn, con lago y gruta, es el más grande y famoso. El Vrtbovska, barroco e impecable me deslumbró con sus plataformas comunicadas con escaleras que trepan entre flores, plantas, esculturas y frescos. Está muy cerca de la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, donde los monjes carmelitas custodian la imagen milagrosa del Niño Jesús de Praga, de cera y con solo 45 centímetros de alto, llegó a la ciudad en el siglo XV como parte del ajuar de una novia española.

Staromestské, la plaza de la Ciudad Vieja, es el punto de partida de varias caminatas: hasta el puente Carlos por la calle Karlova, hasta la plaza Wenceslao por la calle Zelezaá y hasta el cementerio judío de Josefov por la paquetísima calle Parizská. En esta plaza, rodeada por palacios magníficamente decorados, están el reloj astronómico y la iglesia de la Virgen María de Tyn, que se incendió y fue restaurada en estilo barroco. El puente Carlos, el más antiguo de Praga y el segundo de Europa conecta la Ciudad Vieja con Mala Strana sostenido por 16 pilares y decorado con 30 estatuas. Del barrio judío, además del reloj, me impresionó el cementerio con 12 mil lápidas inclinadas: el lugar es mínimo y las tumbas se fueron superponiendo y amontonando.

Y para terminar sepa que en los alrededores hay dos paseos que valen la pena: Karlovy Vary, la ciudad termal que construyó en el siglo XIV el emperador Carlos IV –los praguenses, que lo consideran el Padre de la Patria, lo idolatran y bautizaron con su nombre un sinfín de puntos emblemáticos y Český Krumlov, un adorable pueblito que se extiende al pie de su castillo a orillas del río Moldava. Fue capital de la región de la rosa de cinco pétalos de los Rosenberg, la nobleza más rica e influyente del país. Sus edificios de arquitectura medieval, gótica, renacentista y barroca se conservan sin ningún tipo de reconstrucción.

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