Purmamarca, mucho más que tierra virgen

2 mayo, 2013

Aromas, historias, culturas y, sobre todo, colores se funden en este pequeño pueblo de la Quebrada de Humahuaca y logran una armonía tal que invita al viajero a sumergirse en su mundo para vivir las tradiciones desde adentro.

Texto: Denise A. Trajtenberg.
Fotos: Archivo Prime Ediciones.

Omnipresente desde el ingreso al pueblo de la Tierra Virgen (significado de Purmamarca en aimara, lengua colla), el Cerro de los Siete Colores resplandece a toda hora. Sus diferentes capas sedimentarias, motivo de su colorida gama, reflejan con intensidad tanto los rayos del sol como la luz de la luna. Cautivador de miradas e inspirador de artistas, coquetea con su paleta entre los Cerros Colorados sin pudor. Los paseos en bicicleta, a caballo, o en 4×4 permiten descubrir desde cerca a los encargados de teñir a las casi veinte manzanas que conforman Purmamarca.

Entre sus calles de tierra, fluyen mitos y leyendas y se mantiene viva la cultura precolombina. El culto que se le rinde todos los agostos a la Pachamama (Madre Tierra) es un claro ejemplo de ello; aún así, convive el sincretismo religioso y la Iglesia Santa Rosa de Lima lo confirma. Construida en 1648 –tal como el dintel de su puerta se enorgullece de exhibir– y declarada Monumento Histórico Nacional casi trescientos años después, esta iglesia de fachada blanca es la artesanía indígena por excelencia: muros de adobe y techos de cardón, acompañados por pinturas cuzqueñas del siglo XVIII.

Pero si de arte se trata, no hay más que cruzar a la plaza. Allí, los artesanos muestran todo su potencial: desde tejidos, alfarerías y joyería, hasta pinturas y miniconciertos de arpas y quenas. El arte culinario también dice presente para deleitar el paladar de todo visitante, que no deja de recibir en ningún momento la amabilidad que regalan los locales. De esta manera, el centro comercial de Purmamarca atrapa día a día al que por allí pase para encantarlo y transformarlo en parte de su atmósfera.

Las construcciones, de baja altura, condimentan aún más el paisaje y le otorgan al pueblo el toque colonial que lo distingue. Frente a la plaza, se erige uno de los pocos cabildos españoles que permanecen en pie en el país. Usado originariamente como cárcel, hoy allí se ubica la Biblioteca Popular Viltipoco, en honor al cacique que lideró la resistencia indígena ante la conquista de los españoles.

Una cuestión de fe

Sea rindiéndole culto a la Pachamama o a santa Rosa de Lima, en Purmamarca se siente el latido de la fe. Flotan en el aire vibraciones de la creencia que fuere para fusionarse en una fuerza tan indestructible como el histórico algarrobo. Este árbol de miles de años cobijó bajo su sombra y a lo largo de su vida a dos grandes héroes: al cacique Viltipoco y al general Manuel Belgrano, para convertirse en un símbolo de la población purmamarqueña. En el año 2000 fue objeto de un acto de preservación, cuando perdió una de sus grandes ramas debido al incontrolado tránsito vehicular que compactó la tierra y le generó un desabastecimiento de nutrientes naturales. Desde entonces, sólo se permite acercarse a pie.

La magia de este pueblo resiste, al igual que el algarrobo, el paso de los años y, en sinfonía con el arco iris del cerro, colorea y seduce al viajero que se lleva mucho más que una tierra virgen.

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