Tintos bajo cero

5 julio, 2017
Texto   Luis Lahitte
Fotos   Esteban Widnicky

A contramano de lo que pregonan los ortodoxos, el vino tinto ha pasado de beberse solo y a temperatura ambiente a tomarse fresco, mezclado en cóctels y sangrías. Radiografía de una tendencia en auge.

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Hasta no hace mucho tiempo, poner a enfriar el vino tinto en la heladera era algo impensado, y mucho menos aún ponerle hielo, a no ser que se estuviera almorzando en un bodegón durante un tórrido día de verano. Sin embargo, un observador atento verá que la alianza entre el frío y el tinto es de vieja data, y que está resucitando de la mano de los nuevos consumidores.
Se sabe que el vino alcanzó su clímax en Europa, particularmente, en Francia, país que durante siglos marcó la pauta a seguir en materia enológica. Los buenos tintos franceses se criaban en las cavas de piedra de los châteaux, donde no hacía precisamente calor (las temperaturas rondaban los 10°C-12°C) y se servían en salones donde no existía la calefacción, así que muchos de los buenos vinos galos se tomaban frescos.
Pero fresco no es lo mismo que frío. Sucede que dentro de la categoría de los vinos tintos están aquellos que ligeros, sin gran estructura, si se enfrían acentúan felizmente la frescura y la acidez, algo que no se puede hacer con los vinos robustos, estructurados, pensados para una larga crianza. Para los primeros, la heladera o la frappera son una buena opción, sobre todo, en temporada estival, ideales para comer o beber como aperitivo.
Hay bodegas que han apostado al crecimiento de la tendencia, como Santa Julia, que recientemente lanzó el Tintillo, un bivarietal 50% Malbec y 50% Bonarda con maceración carbónica, joven y ágil, al igual que el vino del simpático arlequín en la etiqueta, Jijiji, de Matías Michelini, a base de Malbec y Pinot Noir, apto para consumirse frío. El Bonarda de Colonia Las Liebres y La Poderosa Pinot Noir, de Bodega del Fin del Mundo, también se llevan bien con el frío.

Vino, hielo y fruta

La fruta, las especias, el hielo y el vino dieron un gran salto en el país de la mano de Chandon Délice y Freixenet Ice, “sparklings” diseñados para tomar con hielo y algo de fruta o especias, que tuvieron una muy buena recepción en el mercado. Pero el camino de los tintos es más lento, como la sangría, tan arraigada en España (es muy popular en las plazas de toros), donde en una jarra se mezcla el vino tinto con fruta, cítricos, por lo general, y hielo, algo así como un clericot ibérico, aunque también se toma en países como Ecuador. Los franceses la consideran una “boisson de table”, una bebida que, si bien no es refinada, resulta apta para consumir en la mesa. En Buenos Aires está despuntando el hábito de tomarla, y no solo se ofrece en restaurantes españoles tradicionales, como Tancat, sino en reductos de moda de gente joven como Burger Joint.

Gaseosa en los tintos

Para hacer más irreverente el asunto, también hay un sostenido consumo de vino mezclado con gaseosas, el llamado “tinto de verano”, un encuentro entre un vino tinto de gama baja o media, con gaseosas bien azucaradas, hielo y fruta picada, variante más moderna de la sangría que se abre paso entre los públicos más iconoclastas. Los puristas no tienen derecho a rasgarse las vestiduras; a fin de cuentas, buena parte de los inmigrantes italianos y españoles que vinieron a poblar las pampas, y de los cuales buena parte de los argentinos descienden, solían bautizar el vino de mesa con un chorro de soda de sifón.

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