Toma de decisiones

4 octubre, 2013

A la hora de decidir, los directivos necesitan tener un cierto balance entre las distintas fuerzas presentes en su mente.

Por: Alejandro Marchionna Faré, Profesor de Política de Empresa, y
Eugenio Andrés Marchiori, Profesor del área Comportamiento Humano en la Organización de IAE Business School.

 

Toda decisión está esencialmente enmarcada por un acto de la voluntad de la persona que la toma. A su vez, toda decisión surge como producto de un juego interactivo entre tres impulsos presentes en la mente del decisor: lo racional, lo emocional, y la imaginación.

Se forma entonces un sistema de cuatro fuerzas –voluntad, inteligencia, emoción y libertad– que se nutre de la experiencia y está enmarcado por la cosmovisión de quien toma la decisión; los conocimientos del decisor y su forma de procesarlos; las circunstancias temporales y espaciales en las que la persona toma la decisión; y las circunstancias temporales y espaciales en las que la decisión originará sus principales consecuencias.

Cuando por alguna circunstancia se pierde el balance adecuado entre las tres fuerzas, las decisiones tienden a producir deformaciones bastante típicas.

En primer lugar, una decisión tomada únicamente empleando la razón puede no contener la empatía suficiente para considerar las consecuencias humanas. En el extremo de la racionalidad productiva solo se persigue la eficiencia de lo que está en marcha.

En segundo lugar, cuando la decisión considera solo lo emocional, se corre el riesgo de perder de vista los fines económicos y de crecimiento, bases fundacionales de cualquier empresa. Suele olvidar el requerimiento de sustentabilidad empresaria, principio elemental si se desea generar valor para la sociedad por períodos de tiempo prolongados desde el sector privado.

Por último, una decisión puramente imaginativa puede conducir al despilfarro de recursos valiosos. El entusiasmo  innovador debe encontrar el contrapeso de la responsabilidad en el uso racional de los recursos.

Más allá de estas fuerzas, hay un elemento temperamental que es imprescindible para cualquier decisión: la valentía del empresario. Toda decisión es una apuesta, una corazonada que nos vincula íntimamente con la incertidumbre del futuro. Deberíamos considerar la cuarta fuerza: la voluntad. Si el empresario se recostara exclusivamente en esta fuerza estaría generando una nueva desviación que puede ser tan poco realista como el sesgo de la imaginación: el voluntarismo.

Está claro que la voluntad en un vacío sin la participación de la razón, las emociones y la imaginación no podría producir ningún tipo de decisión que se aplicara a una organización humana.

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