Un maestro ilusionista

19 febrero, 2013

Cada vez que iba a esa oficina se quedaba horas mirando la maqueta del Nicolás Mihanovich. La estudiaba y la estudiaba, hasta que un día se decidió e hizo su propio barco.

Por: Julie Bergadá.

Siempre le gustó la náutica y así cuenta Hugo Pinilla que comenzó su pasión por la construcción y restauración de cualquier tipo de maquetas navales.

Porque Hugo no solo las hace de cero, también las restaura. Algún barco que sufrió una caída, o alguien que heredó una nave y la quiere remozar. También se da el caso de algunos clientes a los que él les ha hecho las maquetas, pero con el correr del tiempo le han agregado cosas a los originales –como ser barandillas– y los dueños le piden que se las agregue para que quede exactamente igual al original que navega.

Hugo es técnico naval pero a pesar de esto tuvo que aprender –y a los ponchazos según sus propias palabras- a conocer las distintas maderas y metales, no solo para el armado sino también para incursionar en la  tornería y la fundición. Pinilla corta y estaciona su propia madera y hace la mayoría de los accesorios que necesitan sus maquetas: cañones, anclas, bitas, pasa cabos, cornamusas, timones y hasta figuras de marineros.

Normalmente las maquetas se realizan -a escala- en la etapa previa a la construcción de la nave. Pero frecuentemente gente que tiene un barco suele pedirle a Pinilla una réplica. Para eso él saca fotos de todos los detalles y con el plano en la mesa inicia su trabajo. Es impresionante ver la fidelidad –¡y la escala!- de los detalles. En una maqueta de un velero, por ejemplo, se puede ver a través de un techo traslúcido el lavatorio del baño de cuya grifería sale la manguera duchadora. Ninguno de estos elementos mide más de 2 centímetros.

Pinilla se enorgullece de haber construido más de mil barcos, pero su corazón está con los galeones: “con ellos se conoció el mundo”. Hasta en el sueco Museo Vasa de Estocolmo también se encuentra una réplica – encargada por ellos en escala 1:50– de la única nave intacta del siglo XVII. Su particular historia es que cuando la construyeron era tan pesada debido a los cañones y esculturas que tenía, que ni bien la botaron una ráfaga de viento la escoró, le entró agua y se hundió. Gracias a las gélidas aguas del mar se mantuvo impecablemente hasta el 24 de abril de 1961 cuando fue reflotada.

En el taller de Pinilla a veces participa su hijo Sebastián y muchas más su mujer, Claudia Rasso, quien es muy hábil con el pincel y comparte la pasión de este armador de ensueños.

 

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