Un manager con actitud

5 noviembre, 2012

Una de las primeras virtudes de un directivo es ver con la claridad que da la luz y tener la capacidad para pro­yectarla hacia cualquier objetivo em­presarial. Pero una vez hecha la luz, se la debe ir modulando paulatinamente de diversas formas y concentrarla en determinados cuerpos luminosos los que, a su vez, irán generando otros elementos de variada claridad. Algu­nos de ellos, no es sorpresa para nadie, están plagados de exigencias para el di­rectivo. Demandas directas a su capa­cidad de acción rápida y efectiva.

Por José Luis Gómez López Egea (Empresa, Sociedad y Economía)

No alcanza con las ideas geniales

Es insuficiente ver claro el objetivo, aunque su enfoque preciso sea el dis­parador inicial. Hay muchos visiona­rios que no trascienden del momento de su visión o la dejan en manos de otros. Un antiguo adagio nos advierte: “El cementerio de los fracasos está pla­gado de ideas geniales”.

Las ideas del cerebro del directivo y las palabras de su boca cobran verda­dero valor cuando se transforman en semilla vital de los hechos que de ellas se desprenden naturalmente. Y deben ser capaces de motivar positivamente a cada una de las personas que con él colaboran en la empresa.
Cada objetivo que se va desgranan­do cobra vida propia y reclamará con­tar con unos pies y unas manos que lo acaricien. Exigirá, además, los impulsos adecuados que le den continui­dad y aseguren su unidad dentro del conjunto de la empresa. Algo así como una criatura que reclama la atención permanente de su familia.

Ningún objetivo puede ser abando­nado a su propia inercia. Hace falta un seguimiento, estar detrás de cada una de las metas; hace falta seguir empu­jando. En caso contrario, se terminará extinguiendo, como ocurre con una hoguera a la no se realimenta con leña nueva.

Las virtudes necesarias para la acción

Al empresario se le supone una practicidad, condición de éxito para conseguir sus objetivos. Dice a sus co­laboradores:“¡Vamos con todo para allá!, ¿me acompañan?”. De inmedia­to, la gente se agolpa a su alrededor y contesta, aún sin palabras: “¡Te segui­mos!”. Porque se trata de un hábito contagioso.

El empresario es claramente un rea­lizador, un constructor, un dinamiza­dor de ideas asumidas como propias, aunque eventualmente hayan sido he­redadas. Sabe que lo esencial en una empresa es ser capaz de transformar una idea en un proceso complejo de producción de algo útil, para luego presentarlo a un cliente y que se inte­rese por su adquisición. Se debe termi­nar por ofrecer algo beneficioso y muy concreto a personas determinadas.

En el camino de la implementación, el directivo empresario debe ir desarro­llando algunos hábitos que le permi­tan desempeñar esa función, a pesar de las dificultades que sobrevienen, y que no deben desanimarle. Él está siempre firme en su puesto, para hacer posible algo que, a los ojos de otras muchas personas, parece imposible.

Estudio, reflexión, consejo

El empresario mira y define los de­talles que aparecen como condición de éxito. Escucha los pareceres de otras personas. Estudia y cavila antes de decidir. Pero después debe desarrollar otras capacidades: entra en la etapa del necesario contacto con la realidad, que le obliga a medir su habilidad para pro­ducir resultados. Eventualmente deberá ajustar sobre la marcha, tendrá que rec­tificar lo actuado para ponerlo a punto. Los clientes lo irán exigiendo.

Constancia y paciencia

Se me ocurre sellar este hábito de “tirar para adelante”, con el nombre de “Constancia, Continuidad, Coraje y Paciencia”.

La energía que precisa el directivo es algo así como una corriente continua de agua, aire o electricidad. Hay que estar siempre presentes y disponibles, aun cuando no se le pida una atención efectiva.

El Directivo desarrolla el hábito o la obsesión sana por seguir siempre empujando la realidad hacia una si­tuación favorable, sabiendo que las circunstancias son cambiantes por definición. A veces, el viento es favo­rable. Otras, hay que atravesar borras­cas o huracanes. Con su empeño, es capaz de superar el puro azar, por eso intenta colocarse por encima de los ra­zonamientos chatos de los promedios estadísticos, y goza superando las ideas deterministas de quienes se agotan en una mirada fatalista.

A esto le llamo adoptar una actitud dinámica y constructiva que, además, implica estar permanentemente “de­trás del mostrador”, pero con la mi­rada puesta en el cliente y en la propia organización.

Coherencia y energía

Una vez que se está en algo, hay que ser consecuente con lo que se progra­mó, lo que se ordenó, lo que se comen­zó a implementar y no abandonarlo en la primera dificultad. Con ello, no se descartan los cambios estratégicos de rumbo cuando se crean necesarios, o el ajuste de las políticas, aunque hay que analizarlos, justificarlos y formali­zarlos. Rectificar es de sabios, pero ello no implica justificar con facilidad; el vicio del abandono es sólo coherente con el capricho o el simple cansancio.
Por otro lado, en cualquier negocio se requiere energía para desarrollar el impulso inicial. En ese momento, el Directivo se parece al sembrador, que esparce la semilla sobre la tierra con fuerza, optimismo y generosidad.

Se precisa energía para observar lo que se sembró y luego actuar de formas diversas al compás de las circunstancias y, de esa forma, la semilla no se pier­da, sino que se desarrolle y dé su fruto. El Directivo debe tener la paciencia de esperar activamente a que llegue el mo­mento de la cosecha y, para ello, necesi­ta armarse de una fuerza que es empuje y aguante al mismo tiempo, pero que no se agota en puro voluntarismo.

“Considera la corriente del río. Comienza siendo un delgado flujo de agua en lo alto de las montañas. A ve­ces discurre lento. De repente, forma un remanso. Se esconde, luego aparece en un rápido, acomodando su curso al suelo que descubre a fuerza de arras­trarse con humildad. Casi no oyes su ruido. Si lo tocas, apenas la corriente toma conciencia de tus dedos”; W. Chan Kim y Renee A. Mauborgne, The Parables of Leadership, Harvard Business Review, julio-agosto de 1992.

Así es como el río consigue convertir en vergel cualquier desierto por el que pasa. Con fuerza, con vigor, sin dete­nerse jamás. Buscando siempre la sali­da de los atolladeros. Se hace así, de a poco, más y más caudaloso. Recibe con alegría los aportes de otros afluentes, y los usa para sumar a su propia fuerza, al tiempo que además acrecientan su caudal. Es generoso con quien se acerca a beber. Es un símbolo de la verdade­ra clave de la subsistencia: se adapta a nuevos estímulos y empuja con el pro­pio carácter. No es como el fuego fatuo, que quema y destruye sin aportar nada. Aprende enseñando, enseña aprendien­do, y nunca se detiene. Forma parte de un proceso que se realimenta de conti­nuo, en la búsqueda incesante de nue­vas y mejores realizaciones.

Colón y su empresa americana. Pasión por los resultados.

Cristóbal Colón no inventó la teoría acerca de la forma de la Tierra, pero fue el primero que afrontó el riesgo de ser consecuente con una tesis que circulaba desde hacía tiempo. Que la Tierra era redonda, se sabía, pero nadie lo había experimentado.
Por supuesto, Colón era humano. Se equivocó en las distancias y creyó haber llegado a Asia, pero igual se consagró como el gran dinamizador de la histo­ria moderna. Se arriesgó y ganó, aún, lo que nunca había podido proponer­se ganar. Se confundió de continente, pero sus realizaciones superaron a sus sueños.
Muchas eran sus limitaciones, ma­teriales y morales, pero abundaba en la capacidad de ilusionarse con llegar, confiado en su buena estrella. Siguió adelante, a pesar de la presión de su propia tropa, decidida a volver, con­vencida de la inutilidad de sus esfuerzos con el paso de los días.

Resumen: aprendizaje continúo.

Sólo se es fuerte cuando, luego de proyectar, se permanece un día tras otro afrontando la rutina, siguiendo los acontecimientos de cerca, apren­diendo de ellos y rectificando, si se ve necesario. Hay que estar vigilantes en cualquier lugar, a cualquier hora y cual­quiera sea la temperatura. Estar atentos a todo aquello que nos obliga a ajustar los planes. Bebiendo la realidad con una sed insaciable, para transformarla en algo más humano, más amable. En algo que permanece al servicio de mu­cha gente. En algo que se puede utili­zar no sólo para satisfacer la imperiosa necesidad de muchas personas, sino también para el crecimiento interior de todos aquellos relacionados con la apasionante aventura en que consiste cualquier empresa.

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