Un paseo por Flamengo, Catete y Laranjeiras

15 mayo, 2012

Al abrigo de la Bahía de Guanabara se asientan tres de los barrios más encantadores y tradicionales de Rio de Janeiro. Su riqueza arquitectónica, la planificación de su abundante flora y la diversidad de sus propuestas recreativas, culturales y gastronómicas tornan este prodigioso rincón carioca un paseo imperdible a la hora de visitar la ciudad maravillosa.

Por Ana Schlimovich

La playa de Flamengo parece haber sido diseñada para recibir el despuntar del día. Las aguas mansas de la Baía de Guanabara, surcadas por las barcas de los pescadores, espejan el sol que sube sin prisa, irradiando una luminosidad dorada que otorga al Pão de Açúcar, al Aterro do Flamengo y a la hilera de edificios majestuosos que contornean el parque, como el Dakota –réplica del homónimo neoyorquino donde vivía John Lennon-, el elegante Biarritz, con sus balcones redondos art decó, y el ecléctico Castelinho do Flamengo, un halo surrealista. Es la hora ideal para recorrer el jardín urbano más grande de Brasil, diseñado por el brillante paisajista Burle Marx, quien incluyó cientos de especies vegetales, bici-sendas que lo recorren de punta a punta, canchas públicas de tenis, básquet, fútbol, juegos infantiles y aparatos de musculación. Allí mismo, al lado del Aeropuerto Santos Dumont, está el Museu de Arte Moderna (MAM), que desde 1954 expone artistas nacionales y extranjeros de todas las áreas -abre al mediodía hasta las seis de la tarde-. En el mismo edificio funciona uno de los restaurantes más sofisticados de la ciudad, Laguiole, que se jacta de tener la más completa carta de vinos del país. La moderna y minimalista ambientación de este reducto de ejecutivos combina perfecto con las creaciones del joven chef  Pedro De Artagāo, revelación del escenario gastronómico carioca.

Subiendo por la Rua Silveira Martins se llega al Palácio do Catete, la belleza de su fachada convive directamente con la movimentada Rua do Catete, arteria principal y comercial de este barrio que solía ser el centro político de la ciudad, hasta la mudanza de la capital a Brasilia, en 1960. Actualmente, los lujosos salones por donde circuló la elite gubernamental forman parte del Museu da República. Un amplio balcón en el contrafrente, testigo certero de reuniones y fiestas de antaño, se eleva sobre un bellísimo parque, bien resguardado, ideal para un paseo romántico o meditativo a la sombra de árboles frondosos y palmeras imperiales de más de 200 años. Un lago, una placita con juegos para chicos, una librería, un cine y un café, completan el espacio.

A pocas cuadras de allí, sobre la Rua Dois de Dezembro, se encuentra el Espaço Cultural Oi Futuro, exposiciones de todas las ramas del arte forman parte de la programación diaria –y mayormente gratuita- de este moderno edificio donde también funciona el Museu das telecomunicações.

Siguiendo por la Rua do Catete se llega al Largo do Machado, una gran plaza rodeada de higueras gigantescas y llena de abricó de macaco, con sus exóticas flores naciendo  del tronco del árbol. Al frente, la Iglesia Nossa Senhora da Glória, réplica de la catedral inglesa St. Martin, construida por Don Pedro II.

Los tres barrios convergen en la estatua del célebre escritor cearense José de Alencar, y a pasos de allí, sobre la Barão do Flamengo, se esconde un barcito llamado Tacacá do Norte, donde sirven el mejor açaí de Río, una sustanciosa fruta –rica en sabor y antioxidantes- servida como un frozen. El helado de tapioca y las unhas de carangueijo empanadas son otras delicias imperdibles. Todo traído de Pará, norte de Brasil. Para los paladares más aventurados, recomiendo el Tacacá, un caldo de camarón, tucupí –jugo de mandioca- y hojas de zambú, con un sabor tan singular como el boteco donde lo sirven.

Por la Rua Senador Vergueiro se llega a la calle más linda de Flamengo, la Paissandú, una pasarela de palmeras imperiales que conduce hasta el Palacio de Guanabara, actual sede del gobierno. En esa calle está el pequeño Raffinée Gourmet, un adorable restô con 8 mesas y una calidez infinita para recibir a los comensales. Tablas de quesos, sandwiches bien servidos y el plato estrella: cavaquinha –langosta– capixaba, son elaborados a la vista por las manos expertas del Chef Aloysio Graça.

Si es sábado, acérquese hasta la feira da General Glicério, en el residencial barrio das Laranjeiras, donde además de frutas y verduras autóctonas, hay chorinho –música popular e instrumental brasilera- ao vivo, y varios stands de artesanías, accesorios y ropa con buen diseño, hasta las 2 de la tarde. Luego pase por el Parque Guinle, otro magnífico jardín proyectado por el paisajista francés Cochet, con intervenciones puntuales de Burle Marx, donde se mixturan el estilo clásico del Palacio Laranjeiras –siglo XIX-, residencia del gobernador, y el modernismo del conjunto de edificios erigido por Lúcio Costa, arquitecto responsable del plano piloto en Brasilia.

Al atardecer, personajes de todas las tribus se juntan pacíficamente para conversar y hacer música –cerveza en mano- en la bohemia placita São Salvador. A metros de allí, en un antiguo caserón reciclado y con el sello de Sushimar, sirven una buena variedad de platos japoneses, combinados y temakis, otra variante gastronómica de esta zona carioca menos obvia, propicia para ser visitada siempre, incluso los días de lluvia.

 

 

DATOS ÚTILES

Laguiole

Av. Infante Dom Henrique, 85

Tel. 2517-3129

Tacacá do Norte

Barão do Flamengo, 35

Tel. 2205-7545

Raffinée

Rua Paissandú, 73

Tel. 2556-1277

www.raffinee.com.br

Sushimar

Rua São Salvador, 72

Tel. 2285-7246

www.sushimar.com.br

 

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