Un pueblo con rascacielos

3 septiembre, 2018
Texto y fotos  Julián Varsavsky

Un viaje al país más rico del mundo donde pasan Ferraris y Lamborghinis cada cinco minutos y hay obras de vanguardistas starchitects, cuya suntuosa modernidad convive con los pudores del Islam y el polvo del desierto.

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¿Cómo se vive en el país más rico del mundo? A la medida de lo que marca la estadística: la renta per cápita de los 250.000 qataríes es de 118.207 dólares al año. El número es fiel, en el sentido de que los nacidos en Qatar tienen ese ingreso asegurado: toda la población llega a millonaria en la adultez, porque el estado reparte las regalías del gas y del petróleo. Por eso la ciudad capital de Doha es una gran escenografía arquitectónica diseñada para el goce de estos señores de blanco con sandalias Hermès –todos los hombres visten una túnica impoluta a pesar del calor- y las damas siempre de negro con sus holgadas abayas.

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Qatar compite con su vecina Dubái en una especie de Guerra Fría arquitectónica por contratar a los mejores arquitectos y decoradores del mundo. En Doha hay edificios firmados por Santiago Calatrava, Jean Nouvel, Zaha Hadid, Norman Forster, el argentino César Pelli, Ming Pei –autor de la pirámide del Louvre y del Museo de Arte Islámico local– y el japonés Arata Isokati. El país creó su propia aerolínea de bandera -una de las mejor rankeadas- para que todo qatarí viaje sin escalas casi a cualquier rincón del planeta, incluyendo Argentina. Aquí todo apunta hacia la buena vida. Y la propuesta lúdica para un viajero occidental es jugar por unos días a ser un jeque árabe en hoteles de diseño vanguardista, donde se alojan también los hombres de blanco y las mujeres de negro –como en un gran juego de ajedrez-, acaso a diez cuadras de su propia casa. Igual que ellos en sus fines de semana, nosotros vamos al desierto en las poderosas 4×4 que suplantaron literalmente a los camellos en los últimos 50 años.

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Como para no olvidar su pasado reciente, los qataríes suelen tener casas de fin de semana en oasis artificiales donde crían camellos. Además asisten a un hipódromo donde los que corren son en verdad camellos, cuyo jinete es un pequeño robot que los azota con una fusta. Como los locales, los viajeros también vamos al laberíntico zoco a comprar alfombras “mágicas”, observar el mercado de halcones para la caza con la técnica de la cetrería –un caro deporte nacional- y saborear platos de cordero con recetas gourmet. Y sin transición visitamos el megashopping Villagio –contracara del zoco–, que reproduce un barrio veneciano donde los palazzi albergan a las grandes marcas de la moda internacional, hay una pista olímpica de patín sobre hielo y canales de agua con góndolas.

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Qatar está en una península de 200 kilómetros que ingresa en el Golfo Pérsico. Y Doha es la muestra exacta de un nuevo tipo de ciudad futurista “esculpida” en el desierto por artistas de talento, que brotó de un día para el otro regada con petrodólares. Desde el cielo se la ve como una suntuosa megalópolis islámica en plena nada, una pequeña ciudad-oasis de puro asfalto y concreto sin una mota de verde. Si navegamos por la bahía, los edificios parecen un haz de tubos de órgano gigante, inexplicablemente construidos sobre una planicie dorada junto al mar, como si el genio de la lámpara hubiese creado esos fulgurantes colosos de vidrio y acero con un simple gesto de la mano. Pero alrededor solo hay desierto hasta donde se nubla la mirada, un ambiente de dunas que pugnan por recuperar con arenas ardientes el terreno arrebatado por el hombre para dedicarse a una suerte de dolce vita con sabor arábigo.

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Cómo llegar
Qatar Airways vuela a Doha
T> 5273 1400
www.qatarairways.com/ar

Dónde alojarse
El hotel Shangri-la es uno de los mejores 5 estrellas de Doha, Tiene siete restaurantes, uno de ellos con una gran vista panorámica de la ciudad.
www.shangri-la.com/doha

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