Viajar por mundos de fantasía

5 octubre, 2016
Texto_Marysol Antón

Durante muchos años fue azafata, pero hoy su pasión son las acuarelas, con las que se reencontró buscando mejorar su calidad de vida. Así es Lu Garabello, una artista que agradece feliz esta nueva oportunidad.

Sus trabajos denotan la delicadeza de su alma. Las acuarelas, con sus tonos transparentes, nos invitan a observar de cerca, nos tientan a adentrarnos en un mundo donde lo lúdico y lo figurativo alegran los espacios. Sus cuadros se lucen tanto en galerías como en locales de diseño, porque el arte de Lu Garabello es para disfrutarlo a diario.

—¿Por qué afirmás que las acuarelas te cambiaron la vida?
—Porque volvieron a mi vida en un momento de crisis, en el que me sentía sin rumbo. Hacía muchos años que no pintaba y las redescubrí por casualidad mientras tomaba clases de cerámica. Cuando las piezas quedaban terminadas, los pigmentos se parecían mucho a las aguadas. Fue entonces que decidí volver a pintar y nunca más paré.

—¿Qué tienen de especial las acuarelas?
—Muchos dicen que es una técnica muy difícil, pero creo que lo dicen porque tienen miedo de entregarse a las manchas -ríe-. En definitiva, son manchas de agua coloreada, y es una técnica en la que hay que saber aprovechar con astucia “los accidentes” en el papel, porque dejan huella. Y uno siempre tiene miedo a equivocarse.

—¿Cómo es tu relación con el lienzo en blanco?  ¿Y con el color?
—Nunca le tuve miedo a la hoja en blanco porque, aunque mi estilo es figurativo, siempre parto de una mancha que nunca sé dónde me llevará. No sé bocetar. Sí puedo tener una idea de lo que quiero contar, pero por lo general primero tiro una gota de agua, le doy su tiempo para secar y luego veo dónde me lleva o en qué la puedo transformar. Me encanta el color, aunque siempre parto de mi color de base que es el gris de Payne, un gris azulado. Casi no uso negro y, generalmente, mis paletas no llevan más de tres colores plenos. Creo que ese es el mejor desafío: ir mezclándolos entre sí con mayor o menor cantidad de agua, las combinaciones son infinitas.

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—¿Por qué abundan los osos en tus pinturas?
—Digamos que por accidente. Un día se me cayó una mancha de tinta china en el medio de la hoja. Empecé a jugar con la tinta mientras hablaba por teléfono y, cuando se secó, casi como en uno de esos tests de manchas que te muestran los psicólogos, se me presentó la cara de un oso. Me resultó tan hipnótico que empecé a estudiar sobre fauna americana. Luego, me di cuenta de que ese oso que había nacido en mi papel era muy parecido al oso con el que dormía una de mis hijas. Entonces me enamoré de esa mezcla de animal salvaje, que te da miedo, que te pide respeto, pero que también los niños aman. Supongo que los osos representan ese miedo, ese bloqueo que durante tantos años padecí y que no me permitía volver a pintar porque tenía que trabajar. Jamás me hubiera imaginado que la vida me pondría de nuevo frente a una hoja y un pincel, y estoy muy agradecida al destino.

—¿Qué tienen hoy tus cuadros de tus antiguas experiencias como azafatas?  
—Supongo que las ganas de viajar. En mi última serie, Aymará Marambio, justamente cuento el viaje de un oso andino desde su Bolivia natal hasta la Antártida. Creo que tampoco es casual. De todos los vuelos que realicé en mi vida aeronáutica, nunca pude olvidarme del Polo Sur. Viajaba mucho a Nueva Zelanda, y la ruta era transpolar. Tengo grabada la imagen de la luz de la luna sobre los hielos azulados. De los recuerdos más bellos que mi memoria puede atesorar.

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