Viaje a Escocia: la experiencia Diamond Jubilee

28 febrero, 2012

Con motivo de la presentación de una edición especial de whisky creado en homenaje a la Reina Isabel II, la Diamond Jubilee, Johnnie Walker & Sons invitó a cronistas de diferentes nacionalidades a visitar Escocia.

Por Luis Lahitte

Abordé el avión de British Airways que une Ezeiza con Heathrow. Mis anfitriones no escatimaron en nada y me hicieron volar en la World Class. Por la mañana empalmé con el vuelo a Aberdeen, donde me esperaba una Range Rover con chofer uniformado que me llevó a Kincardine Castle, el castillo victoriano que me hospedó.

Durante el camino uno puede avizorar lo que es este país: una mezcla de páramos y prados verdes, matizados por la explosión  de colores ocres otoñales, propios de los añosos bosques que abundan por doquier. El paisaje está cruzado por centenarias pircas que dividen los campos y animados ríos de aguas blancas prolíficos en salmones. Es la tierra de los héroes y los clanes, del llanto de las gaitas, de castillos y fantasmas, de Conan Doyle y Robert Burns, de la melancólica bruma que lame la cima de los highlands buena parte del año. Pero, sobre todo, es la tierra del whisky. 

Andrew Bradford, dueño de casa (el hombre desciende nada menos que de Jane Austen y del dramaturgo Fielding), Richard Watling (Chairman de la Queen Elizabeth Scholarship Trust, entidad que se verá beneficiada con las utilidades de la venta de las botellas de Diamond Jubilee) y la gente de Diageo nos recibieron en Kincardine, un castillo digno de una película de Robert Altman. Luego de un almuerzo ligero partimos para Balmoral, la residencia de verano de la Familia Real. Allí pudimos recorrer la propiedad, de cuyos imponentes bosques de alrededor de siete siglos salió la madera para albergar las 60 botellas del exclusivo Diamond Jubilee. Porque, a fin de cuentas, todo lo que rodea a las botellas está asociado a la Reina y a sus seis décadas de reinado.

Fue el mismísimo Andrew Bradford, Laird of Kinncardine (“laird” es un título propio de Escocia) quien nos hizo pasar a la mesa que estaba dispuesta con todas las galas: espléndidos candelabros y cuadros de familia fueron el marco de una cena donde primó un excelente menú.

Al día siguiente fuimos a Royal Lochnagar, la destilería donde el master blender Jim Beveridge reunió algunas excepcionales barricas de whisky del año 1952 (año en que la Reina ascendió al trono) a fin de elaborar el exquisito Diamond Jubilee.

Por la tarde viajamos a Gleneagles, un lujoso hotel de 232 habitaciones que cuenta con los mejores campos de golf de Escocia (en 2014 se jugará la Ryder Cup). En el cuarto me esperaba, rigurosamente enfundado, el uniforme escocés de gala (kilt, casaca, chaleco, medias, zapatos, ligas y skean dhu, el puñal que los nativos llevan oculto en la media.

Luego de una parada en el Johnnie Walker Blue Bar fuimos invitados a un banquete al castillo de Stirling, histórico escenario desde donde gobernó durante siglos la monarquía escocesa. En el Parliament Hall se armó una mesa para aproximadamente 50 personas donde comimos un menú armado por Andrew Farilie, chef dos estrellas Michelín.

Cerramos el viaje con una visita a Edimburgo, ciudad bonita si la hay. Allí entrevistamos a los artesanos que participan del proyecto Diamond Jubilee. Les cuento brevemente de qué se trata: el cristal de la botella-decantador es de Baccarat. La misma está ornamentada en plata Britannia por Hamilton & Inches y lleva incrustado un diamante de medio quilate. Cada unidad irá acompañada por dos vasos del más fino cristal especialmente diseñados por Cumbria Crystal, grabados por Philip Lawson Johnston, con escenas de la vida salvaje originaria de las propiedades de la Reina, Balmoral y Sandringham.

La becaria de QEST, Laura West, creará un libro encuadernado en cuero con la historia del proceso artesanal del Diamond Jubilee, que llevará el nombre de cada feliz propietario y la escritura que se utilizará será elaborada por otra becaria, la calígrafa Sally Mangum. La botella irá dentro de un gabinete de madera especialmente diseñado por N.E.J Stevenson. ¿El precio de cada unidad? 100.000 libras. ¡Ah! Y solo hay 60 botellas, una por cada año del reinado. Accesible únicamente a gente de holgado peculio y que desee tener un “pedacito” de la Reina Isabel II porque, en cierta forma, es lo que esta botella representa.

 

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